DIA OCTAVO

En el nombre del padre, del hijo del Espíritu Santo Amen.

ACTO DE CONTRICIÓN

Jesús, mi Señor y Redentor,
yo me arrepiento de todos los pecados que he cometido hasta hoy
y me pesa de todo corazón porque con ellos he ofendido a un Dios tan bueno.
Propongo firmemente no volver a pecar
y confío en que por vuestra infinita misericordia
me has de conceder el perdón de mis culpas
y has de llevar a la vida eterna.

Amén

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Clemente Emperatriz de los Cielos.
Madre Santísima del Rosario,
que siendo producida de los inmensos tesoros del Cielo,
a esfuerzos del poder divino fuiste igualmente
destinada en el consistorio de la Santísima Trinidad,
para que fueses Madre del Unigénito Hijo de Dios,
y por eso llena de Gracia desde el instante de tu Concepción.

Tú, Señora, eres el remedio universal
que trazó la infinita sabiduría y misericordia del Altísimo,
para socorrer al mundo que se había perdido por la culpa original.

Eres la Madre de Misericordia,
en quien confían los pecadores para librarse de los rigores de la divina justicia;
y si en todas partes manifiestas el cuidado que de ellos tienes,
especialmente lo conocemos en tu milagrosa Imagen  de Chiquinquirá,
en donde declaras que si estas dotada de la ilustre dignidad de verdadera Madre de Dios,
también eres verdadera Madre de pecadores y si renuevas,
esta tu imagen en un lienzo roto y maltratado,
también renuevas con tu milagroso poder,
en el tosco lienzo de nuestros corazones,
la imagen de tu Hijo bendito.

¿Quién podrá contar, oh Soberana Princesa de la gloria,
las conversiones que haces con los pecadores endurecidos?
Con sólo haber mirado tu imagen son muchos
los que se han rendido a las dulces influencias de la gracia.

Humildemente te suplicamos, Señora y Madre nuestra,
que la misma piedad que te movió a visitarnos en tu Renovación,
mueva también nuestras rebeldes voluntades a sujetarnos
al suave yugo de los divinos mandamientos
y al aborrecimiento de nuestras culpas,
para hacer de ellas una verdadera y fructuosa
confesión que asegure nuestra salvación.

Alcáncenos también la gracia que en esta novena
te pedimos por la intercesión de tus gloriosos
siervos san Andrés apóstol y san Antonio de Padua,
si ha de ser para mayor gloria de Dios y salvación de nuestras almas.
Amén.

Se rezan cinco Avemarías en reverencia de los misterios del Rosario, 
y después se manifiesta en voz alta cuál es la intención
por la que se hace la Novena a Nuestra Señora.

 

CONSIDERACIÓN PARA EL DIA OCTAVO

Fragante Rosa del Cielo y Azucena de los valles, María Santísima del Rosario, que después que el ángel te dio la noticia de la preñez de tu pariente santa Isabel, caminaste a los montes de Judea, llevando en tu vientre al mismo Rey de la gloria, para visitar y servir a tu prima, en los tres meses que hiciste mansión en su casa hasta que nació el niño Juan.

Como contemplan almas piadosas, y contemplo yo, Reina mía, cómo ibas en aquel camino, cual humilde devota y circunspecta, poniendo en admiración a los mismos ángeles que no apartan los ojos de tus virtudes diciendo:

“¿Quién es ésta que sube como la aurora, hermosa como la luna y escogida como el sol?”.

¡Eres toda hermosa y no hay mancha alguna en ti! ¡Qué hermosas son nuestras pisadas, Hija del Príncipe de la gloria!

Ibas entonces, Señora, como una nube ligera que va a coronar la cumbre de una elevada montaña, cargada del rocío del Cielo; ibas como una caritativa huésped, que conducía al hermoso Sol de justicia, Cristo, que había de santificar a su Precursor  y librarle del contagio del pecado original.

Mas no fue esa sola vez cuando diste a las criaturas ese regocijo, porque después de la memorable renovación de tu Imagen de Chiquinquirá, quisiste salir de tu retiro a visitar los lugares vecinos y librarlos del contagio de la peste, del hambre y de la esterilidad que entonces afligían la tierra: saliste, del mismo modo, como un viajero celestial, prodigando favores, acompañada de tus grandes personajes san Andrés y san Antonio; saliste como águila grande, a quien se dieron estas dos alas, para volar ligeramente al socorro de los afligidos.

Así caminabas, por el desierto, en hombros de sacerdotes, acompañada de innumerable pueblo. ¡Cuánto se alegraron los árboles y las plantas, al pasar por frente a ellos la Señora de todo el mundo! Los arroyos cristalinos detienen sus corrientes por mirarte; las aves, en sus tonos diferentes, te hacen saludos al pasar; los desiertos se visten de hermosura, y reverdecen los campos por donde pasas, y todos aquellos valles multiplican abundantemente sus trigos, porque viene a visitar sus tierras la Señora; pero en lo que más se manifestó tu amor, fue en desterrar la peste; pues todo fue uno, dejarte ver en los lugares, y levantarse sanos los que eran el retrato de la muerte.

Rogamos, Señora, te dignes desterrar de nosotros los aires malignos que nos apestan; danos abundantemente los frutos de la tierra y, si el estío quemare nuestros campos, envíanos aguas tempranas; si éstas ahogaren los granos,  haz que se suspendan hasta su tiempo. Danos, finalmente, lo que solicitamos en esta novena, pues lo pedimos confiados en el valimiento que para ti tienen tus gloriosos siervos san Andrés y san Antonio, a mayor honra y gloria de Dios Nuestro Señor.

Amén.

Se rezan cinco Avemarías a honra de la divina maternidad de Nuestra Señora.

GOZOS

V/. Pues sois de los pecadores
el consuelo y la alegría.

R/. ¡ Oh Madre clemente y pía
escuchad nuestros clamores!

Si en vuestra imagen hermosa
de Chiquinquirá encontramos
todo el bien que deseamos
en esta vida penosa;
si en todos tiempos graciosa
dispensáis vuestros favores
con franca soberanía.

V/. Pues sois de los pecadores
el consuelo y la alegría.

R/. ¡ Oh Madre clemente y pía
escuchad nuestros clamores!

Fénix de amor, renovada
para remediar al hombre
ostentáis este renombre
en tu Imagen sagrada;
con tal timbre coronada,
se aumentan más los ardores
de tu amor cada día.

V/. Pues sois de los pecadores
el consuelo y la alegría.

R/. ¡ Oh Madre clemente y pía
escuchad nuestros clamores!

Como aquella nubecilla
que Elías vio en el Carmelo
así por nuestros consuelos
obrasteis la maravilla;
de una oscura imagencilla
salieron magnos primores,
que son asombro del día.

V/. Pues sois de los pecadores
el consuelo y la alegría.

R/. ¡ Oh Madre clemente y pía
escuchad nuestros clamores!

¡Que copiosa y que incesante
es la lluvia soberana
de milagros, con que ufana
nos beneficiáis amante.
No se da ningún instante
sin que derraméis favores
con general bizarría!

V/. Pues sois de los pecadores
el consuelo y la alegría.

R/. ¡ Oh Madre clemente y pía
escuchad nuestros clamores!

Todo el que imploró confiado
y con sincera intención
vuestro amparo y protección,
salió siempre consolado.
Infinitos han cambiado
en delicias sus dolores,
porque os buscaron por guía:

V/. Pues sois de los pecadores
el consuelo y la alegría.

R/. ¡ Oh Madre clemente y pía
escuchad nuestros clamores!

No hay enfermedad penosa,
no hay trabajo ni desgracia
que Vos, con pronta eficacia,
no remediéis generosa;
si es que con fe fervorosa,
quien busca vuestros amores,
de los vicios se desvía:

V/. Pues sois de los pecadores
el consuelo y la alegría.

R/. ¡ Oh Madre clemente y pía
escuchad nuestros clamores!

Casa común del consuelo
es vuestro templo sagrado,
pues en él habéis franqueado
tu maternal desvelo.
Por eso con tanto anhelo,
sin recelos ni temores,
os clamamos noche y día.

V/. Pues sois de los pecadores
el consuelo y la alegría.

R/. ¡ Oh Madre clemente y pía
escuchad nuestros clamores!

¡ Pueblo de Chiquinquirá,
tierra mil veces dichosa !
¡ Qué riqueza tan preciosa
Dios en su campo nos da !
¡ Oh ! qué celestial maná,
de tan infinitos sabores,
vierte en su imagen María:

V/. Pues sois de los pecadores
el consuelo y la alegría.

R/. ¡ Oh Madre clemente y pía
escuchad nuestros clamores !

ORACIÓN FINAL

Bienaventurada Madre del Redentor,
puerta del Cielo que siempre estás abierta,
hermosa estrella que guías a los que navegan
en el mar tempestuoso de este mundo,
socorra a los que están caídos en el pecado,
y que desean librarse de él,
Tú, que con pasmo de toda la naturaleza
concebiste y diste a luz a tu Creador,
Virgen santa antes y después del parto,
compadécete de los pecadores,
recibiendo la salutación del ángel san Gabriel.

V/ Dígnate rogar por nosotros, ¡oh santa Madre de Dios!

R/ Para que seamos dignos de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Omnipotente y sempiterno Dios y Señor nuestro,
que eres la Esperanza,
el Premio y el Consuelo de todos los afligidos
que te invocan y quisiste que todos los bienes
que tenemos y esperamos alcanzar,
nos vengan por mano de la Santísima Virgen María,
dignísima Madre tuya: concedednos,
como te suplicamos,
que todos los que veneran piadosamente tu nacimiento en carne mortal,
y te ruegan delante de esta milagrosa Imagen renovada por tu mano,
sientan el perpetuo socorro de su patrocinio, y sean libres en el cuerpo
y en el alma de toda tribulación.
Tú que vives y reinas con Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.

Amén.

Ing. Ricardo E. González Olarte - www.ricardoego.com | All Rights Reserved.